Negocios a la española.A ingenio no hay quien nos gane. Será uno de esos grandes topicazos, pero la verdad es que ese rasgo nuestro, tan piel de toro, es seña de identidad. Desde luego que hay muchos ejemplos, debe haberlos, a la vista está la intensa actividad que los Juzgados y fiscales anticorrupción tienen en los últimos tiempos. Uno ocurrió hace unos años en Paris y tuvo como protagonista a la emblemática Tour Eiffel.
La capital gala se preparaba para un gran acontecimiento y los responsables de la conservación de la torre repararon con retraso en la necesidad de adecentar el aspecto del monumento de cara a los grandes fastos, unas celebraciones que concitaban la atención de millones de personas en todo el mundo.
Trascurridos unos días después de haber hecho pública la solicitud urgente de presupuestos, se presentó en la ciudad una representación de una empresa oriental. Los ingenieros Hito-Hito y Kawuanich aportaron un pormenorizado documento en el que, al final, se presupuestaban 3 millones de euros. En resumidas cuentas, un millón en materiales, otro más en salarios y un tercero representaba el beneficio.
Menos de veinticuatro horas más tarde la delegación que se presentaba era alemana. La sociedad Ghuön-Wothmter esgrimió una propuesta basada en las últimas tecnologías y materiales sintéticos de última generación. Un alarde científico con todas las garantías avaladas por las instituciones más prestigiosas y los laboratorios más reputados del continente. El único inconveniente de semejante propuesta eran los 6 millones de euros.
Teniendo como referencia el presupuesto de los japoneses Parchon pensó: “!Claro Dos millones de materiales, otros dos en salarios y estos pretenden ganar dos millones…”
No había salido de sus pensamientos cuando… “pom, pom, pom…”, alguien golpeó la puerta de su despacho entreabierta.
- “¿Se puede?” preguntó una voz. Parchon alzó la vista y observó a un hombre parado en la puerta. Gafas de sol, pelo engominado hacia atrás, camisa de cuello estrecho con botoncitos, pantalón vaquero y una chaqueta milrayas gris marengo.
- “¿Es usted el jefe?”, continuó aquel hombre sin dar opción a Parchon ni a decir bonjour. “Mire, yo vengo en representación de Socorrosa, una empresa que tenemos mi cuñado y yo, para la obra esta de pintar la torre esa”.
- “Pero, ¿no trae usted un estudio técnico? ¿un presupuesto?”, preguntó monsieur.
- “!Eso lo dejamos arreglado ahora mismo!”, replicó el hombre. “mire, esto… tirando así por lo bajo, dando una mano de minio dos de esmalte del bueno, de ese anticorrosión; teniendo en cuenta la cuadrilla, el material, los transportes, los días de estancia y los extras…, se le puede quedar…, ¡nueve millones!. Parchon salto como un resorte:
- “Mais, ¡Mon Dieu! Pas posible. Çe plus, Monsieur”.
Tras un segundo de silencio, aquel hombre miró a Parchon, directamente a los ojos y con sosegada calma explicó:
- “Nueve millones, amigo. Tres para usted y tres para mi… ¡y conozco a unos japoneses que por otros tres millones lo dejan todo niquelado!”.
Parchon esgrimió una mueca y un brillo en los ojos. El hombre rió a carcajadas, echó la mano por encima del hombro de Parchon y dijo:
- “Me parece que este es el principio de una larga amistad”.
- “Oui”.


