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jueves, 24 de diciembre de 2009

Un payaso.

Un payaso.

Había una vez un payaso que trabajaba en un circo. Todos los días salía al escenario para hacer reír a los niños y mayores. Un buen día el circo entró en crisis y los empresarios tuvieron que prescindir de todo el personal con todo el dolor de su corazón porque también trabajaban como payasos. Un día le tocó a los domadores. Otro a los trapecistas, Los funambulistas les siguieron. Los malabaristas con el tiempo también se encontraron en la calle. Y por último le llegó el turno al payaso.

El payaso se quedó muy triste. Había vivido toda su vida en el circo y cuando lo echaron, no tenía dónde ir y tuvo que irse a vivir a la calle. Su vida entonces no tenía sentido. Creía que todo había terminado para él. Ya no podía hacer reír a ningún niño.

Se sentía desgraciado. Y al sentirse desgraciado todas las desgracias se cebaron en él. Dormía en la calle entre cartones, comía de vez en cuando. Alguna vez un alma caritativa le ofrecía una taza de café, pero casi siempre lo despertaban a puntapiés porque su presencia afeaba el entorno urbano.

Todas las jornadas, recogía sus cartones y se dirigía a ninguna parte, intentando conservar ese trocito de esperanza que se le iba de las manos cada minuto que pasaba. Al cabo del tiempo, se rindió. La esperanza lo abandonó o mejor dicho él la abandonó a ella.

Una mañana miró su mano y, como las limosnas habían sido generosas, se dirigió a una heladería. Siempre le habían gustado los helados de chocolate. Hacía tiempo que soñaba con poder tomarse uno, y ese día haría realidad su deseo. Pidió el helado, se sentó cabizbajo y meditabundo y una voz le llamó:

- ¡Tony, Tony!. Con esfuerzo, levantó su cabeza y vio a un niño que se dirigía a él.

-Tú eres Tony, el payaso, ¿verdad?

-Lo era hasta que cerraron el circo.

-Lo he pasado muy bien contigo. Me has hecho reír muchísimo.

-Eso era antes. Ahora ya no hay nada.

-Tú has sido grande y volverás a serlo. El circo es magia. Un payaso es magia.

-No, muchacho. La vida no es magia. La vida es un asco.

-No digas eso, Tony, seguro que volverás a encontrar algo.

-Lo dudo. Pero gracias. Lo siento, tengo que irme.

Tony el payaso se marchó de la heladería y el niño se le quedó mirando. Nuevas calles, nuevas limosnas, nuevos cartones y nuevos puntapiés al despertar.

Días después se encontraba en una esquina y pasó el niño camino del colegio.

-Tony, ¿Cómo estás?

-Ya ves muchacho, aquí andamos.

-¿Todavía no has encontrado trabajo?

-No, la vida es muy difícil y los payasos lo tenemos crudo.

-Confía en la magia. Piensa en el mago de tu circo. Ves como la magia existe.

-El mago no hace magia, no tiene magia. Sólo repite una y otra vez los trucos que ha ensayado mil veces. Ya te digo que la magia no existe.

-Un payaso no debe decir eso. Has llevado magia y alegría a miles de niños. Seguro que pronto vuelves a trabajar. Y el mago sí que hace magia. Yo lo sé. Hasta otra, Tony. Tengo que irme al cole.

El payaso pensó en las palabras del niño y se sintió mal por haberle hablado así, pero sentía tanta amargura que no podía pensar más que en términos negativos.

Pasaron los días. Las semanas. Quizá los meses. Más calles, Más cartones, más puntapiés, más limosnas, pero un día encontró un periódico donde había un anuncio de un circo ruso que llegaba a la ciudad y que buscaba personal. La esperanza que había perdido en lo más hondo de su interior volvió a aflorar. Iba caminando hacia el circo cuando se tropezó con el niño.

- Tony, ¿Cómo estás?

-Hola, muchacho. Hoy estoy un poco mejor. Ha llegado un circo ruso a la ciudad y quizás pueda conseguir un trabajo. Tenías razón. La magia sí existe. Ven que te invito a un helado.

Se dirigieron a la heladería y se sentaron. El niño le dijo:

-Veo de nuevo en ti esa mirada que me deslumbró cuando te conocí en la pista del circo.

-Sí, seguramente sí. Lo he pasado muy mal, pero creo que ahora todo cambiará. En alguna ocasión te dije que no había magia, pero sí que existe. Los magos de los circos tienen mucha magia que reparten entre todos y que no se termina nunca. El circo ruso se marcha en dos días y espero irme con ellos. Comienzan una gira por todo el mundo.

- ¿Ya no volveremos a vernos? ¿Y qué pasará ahora?

-Seguramente cerrarán la heladería en un rato. Nosotros nos iremos. Mañana amanecerá. Algún equipo de fútbol ganará la liga, alguna selección ganará el próximo mundial. Alguien ganará en la lotería y alguien perderá en las tragaperras. Comenzará alguna guerra en alguna parte y terminará otra en un punto del globo que ni conocemos. Unas personas serán felices, otras desgraciadas. Algunos morirán por comer demasiado y otros morirán por no poder llevarse nada a la boca. Habrá alguien que le eche de comer a las palomas y otros que les dispararán con sus rifles.

Y algún payaso, encontrará trabajo en un circo y volverá a hacer reír a los niños.

lunes, 7 de diciembre de 2009

¿Que si llevas lotería?

¿Que si llevas lotería?

La Navidad, cuando se supone que tenemos que ser todos buenos y felices, comienza con algo que despierta nuestros más bajos instintos: la lotería. ¿Por qué la compramos?, ¿por ilusión? No, por ilusión se compra un décimo. Los demás se compran “por si acaso”. Sería insoportable que les tocase a los conocidos mientras que a ti te toca quedarte mirando y sonriendo con cara de idiota.

Cuando, allá por el mes de agosto, sales de vacaciones y mientras calienta el sol allí en la playa te compras el primer decimito, piensas “bueno, a ver si salimos de pobres y si me toca lo repartimos con toda la familia…”

Pero, llega septiembre. Te acercas a la comparsa para enterarte de cómo va, y el primero que te ve, te saluda y te suelta: “Tengo la lotería, te lo digo porque todo el mundo lleva y está justita”. Entonces te imaginas el día del sorteo, con el local de bote en bote y todo el mundo brindando: “!A mi me han tocado diez!”, “!a mi treinta!”, “mira, mira… ¡a ese le ofrecieron y no quiso!”. Hasta te imaginas a tu mujer… “desde luego, siempre por ahí, en la puñetera comparsa, y te vienes sin comprar ni un decimito de lotería… ¡ay!, qué inútil has sido toda la vida…” Miras al colega y sin dudar le dices “dame dos”.

En el bar, en el AMPA, en el gimnasio, en la fábrica, en el kiosco, en el barrio… a donde quiera que vas la escena se repite una y otra vez, te vas echando papeletas y décimos al bolsillo. Un día, uno que apenas conoces, te suelta “Oye, que tengo lotería de Sort”. ¿Qué me dices? ¡de Sort! Dame dos… Y te contesta “sólo tengo tres, te paso uno, pero no se lo digas a Pelaez”. En eso que llegan tu cuñao y tu suegro. “!Anda lotería de Sort! Danos un décimo a cada uno”… ¿Cómo vas a dejar al cuñao y el suegro sin lotería de Sort? Dices: “Yo tengo un décimo, lo compartimos para los tres”.

Llega el día del sorteo. Lo normal es “en el pueblo… sólo una pedrea”, y tú no llevas. Bajas al bar y te dicen eso de “no nos ha tocado nada, pero habiendo salud…” ¡Eso faltaba que, encima, me diera un telele! Pero lo peor… “a Pelaez le ha tocado un pellizquito de un quinto premio de un décimo que le trajo de Sort un primo de su mujer” ¡¿Cómo?! ¡Que yo llevo un décimo!... plaffff… compartido con mi cuñado y mi suegro… ¡maldita sea! pa una vez que me toca…