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lunes, 25 de enero de 2010

La casa fumada.

La casa fumada.

Luis Gerardo lo había intentado sin éxito en múltiples ocasiones. Tantas que ante amigos y compañeros solía afirmar de forma categórica que “dejar de fumar es la cosa más fácil del mundo… yo lo he hecho miles de veces… cada vez que apago un cigarro ¡…!”, decía. Pero lo cierto es que, a pesar de su determinación, nunca consiguió dejarlo del todo.

Estuvo a punto cuando en aquel chequeo de empresa el galeno le dio un toque de atención…

- “¿Cuántos cigarrillos se fuma al día?”-, le espetó el médico.

- “Hmmm… entre uno y dos paquetes, diría yo…”-, respondió Luis Gerardo.

- “Pues, debe plantearse dejarlo. Después de los 50, es un gran riesgo”-, concluyó el facultativo.

Pero Luis Gerardo siguió fumando como lo había hecho siempre; como vio siempre hacerlo en casa; como lo hacían sus profesores en el colegio; como lo hizo él desde que estudiaba el bachillerato; como lo hizo en la mili; como le inculcó el cine que siempre tanto le gustó; como antaño vio en la tele, incluso a los propios presentadores de programas… Se trataba de una costumbre bien arraigada entre las sencillas prácticas diarias de Luis Gerardo.

Pero un día, Luis Gerardo encontró una motivación ideal para volver a intentarlo. Pensó… “si cada día meto en un tarro el dinero que gasto en cigarrillos…, en un momento dado ¡podré hacerme una casa en el campo!”.

Todos los días Luis Gerardo introducía primorosamente en un tarro las monedas que ahorraba en tabaco. Poco a poco iba creciendo el nivel de las monedas que al poco pasaron a ser billetes y, al mismo tiempo, empujado por su ilusionante propósito, dejó de fumar.

Y llegó el día. Luis Gerardo compró una bonita casa en el campo. Arreglada, pintada y amueblada organizó una bonita fiesta de inauguración con familiares, amigos y compañeros.

- “!Caramba, Luis Gerardo, que callado te lo tenías, chico; ¿te ha tocado la lotería?”-, le preguntaban.

- “!No! ¡qué va! Es el dinero que no me gasto en tabaco desde hace años”-.

Ya solo en el porche, cuando todos se habían marchado, henchido de satisfacción por su gran logro, Luis Gerardo se planteó fumarse un gran habano que tenía guardado para alguna ocasión especial. Lo encendió pero, tras la primera bocanada de humo le supo fatal, tosió con fuerza y salió corriendo a beber algo que le aliviara.

Nadie pudo hacer nada. El habano encendido cayó sobre el mantel que prendió la mesa, la mesa prendió el tejadillo y el tejadillo la casa. ¡Eso te pasa por “dejarlo”, Luis Gerardo!

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