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jueves, 1 de enero de 2009

Romper cadenas

ENE/09


Romper cadenas.


Conocí a Raúl tres años después de haber sido liberado de un secuestro. Sus captores lo habían encerrado en un armario durante seis meses amarrado con cadenas. Me hablaba con un entusiasmo lleno de ilusiones y de afecto, parecía feliz a pesar de haber soportado una experiencia tan destructiva.

-¿No sientes rabia o rencor hacia tus secuestradores? –le pregunté abiertamente-. Me miró, se frotó las manos con las manos y su rostro se ensombreció por un instante.

- Cuando me liberaron, -respondió con firmeza- no fue fácil. Mi desesperación y mis rencores eran mi peor tortura, pero un día decidí que ya no quería cargar más con las cadenas.

- ¿A qué te refieres? –dije intrigado-

- Yo estuve secuestrado con otra persona –replicó-, nos liberaron al mismo tiempo. Después me la encontré, rabiosa y amargada, sólo hablaba de su pasado, del daño irreversible que le habían causado, de lo crueles que habían sido, de lo feliz que se sentiría el día en que se hiciera justicia. Guardó silencio por un instante, como si revisara sus propias reflexiones.

- ¿Sabes? –prosiguió después de una pausa-, al ver a esta persona me dí cuenta que daba lo mismo que lo hubieran liberado, que su cuerpo estuviera libre, porque él había decidido seguir secuestrado en su mente, en su dolor, en su pasado. Prefería pensar en sus captores, no disfrutaba a su familia, ni de la posibilidad de construir el presente o el futuro.

- Pero, ¿cómo se puede olvidar algo tan duro? –seguí preguntando-.

- Mis secuestradores me quitaron la libertad, pero no voy a permitir que me quiten mi tranquilidad, si yo continuo alimentando ese rencor, les estaré dando mi vida, es como si eligiera llevarlos conmigo en cada momento, para el resto de mis días. Ni mis seres queridos, ni yo nos merecemos eso, la verdadera venganza será mi felicidad, dejarlos atrás y disfrutar de cada instante de mi vida. Hizo una pausa y miró hacia adelante con una expresión alegre.

- Las verdaderas cadenas –concluyó- las tenemos en nuestra mente cuando decidimos continuar pegados al dolor, al resentimiento o al pasado. Eso es peor que un armario oscuro, -dijo con énfasis, y prosiguió- yo prefiero que los míos me recuerden como alguien que supo reacoger la alegría de la vida y no como alguien que se quedó alimentando la rabia y la autocompasión.

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