Caminaba a mi rollo por el polígono cuando, desde una ventana, me cayó una bola de papel. Primero me mosqueé, le pegué una patada y renegué del «lanzador». Luego volví sobre mis pasos, recogí la bola, la deslié y empecé a hacerme cargo del pedazo de historia que había tras el papel. Me hago cargo del ánimo del que la escribió ¡y del cabreo del que la recibió...!
Cuando Aburrimiento bostezó por tercera vez, Locura, como siempre tan sorprendente, propuso jugar al escondite. Intriga arqueó la ceja y Curiosidad, sin poder contenerse preguntó: «¿Al escondite?, ¿Cómo es?». «Es un juego», explicó Locura. «Yo me tapo la cara y cuento desde uno hasta un millón mientras os escondéis, y cuando yo termine de contar el primero que encuentre ocupará mi lugar para seguir jugando». Entusiasmo bailó secundado por Euforia. Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a Duda, e incluso a Apatía, a la que nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar, Verdad prefirió no esconderse. ¿Para qué?, si al final siempre la encontraban. Soberbia opinó que era un juego muy tonto -en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiese sido suya-, y Cobardía prefirió no arriesgarse...
«Uno..., dos..., tres...», comenzó a contar Locura. La primera en esconderse fue Pereza, que se dejó caer tras la primera piedra del camino. Fé subió al cielo y Envidia se escondió tras la sombra de Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. Generosidad casi no podía esconderse, cada sitio le parecía maravilloso para alguno de sus amigos. «¡Un lago cristalino!, ideal para Belleza. ¿Un árbol hueco? Perfecto para Timidez. ¿Una ráfaga de viento? Magnífico para Libertad...». Terminó por ocultarse en un rayo de sol.Egoísmo, en cambio desde el principio encontró un sitio muy bueno, ventilado, cómodo... pero sólo para él. Mentira se escondió en la profundidad marina. Bueno, en realidad se escondió detrás del arco iris. Pasión y Deseo en el cráter de un volcán. Olvido... no me acuerdo... pero no importa. Cuando Locura contó 999.999, Amor aún no había encontrado escondite, todo estaba ocupado. Pero divisó un rosal y enternecido decidió esconderse entre sus flores. «¡Un millón!» concluyó Locura, y comenzó a buscar.
La primera en aparecer fue Pereza, sólo a tres pasos. Después escuchó a Fé discutiendo de Teología. A Pasión y Deseo les sintió vibrar en el volcán. En un descuido encontró a Envidia y claro, así pudo deducir donde estaba Triunfo. Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, él solito salió disparado de su escondite: ¡un nido de avispas! De tanto buscar sintió sed y al acercarse al lago descubrió a Belleza. Con Duda resultó más fácil todavía, la encontró sentada sobre una cerca sin decidirse a qué lado esconderse.
Así fue encontrando a todos, Talento entre la hierba fresca. Angustia en una oscura cueva. A Mentira detrás del arco iris... (¿Mentira?, ¡sí ella estaba en el fondo del océano!). Hasta Olvido... que no recordaba que estaba jugando al escondite. Sólo Amor no aparecía por ningún sitio. Locura buscó detrás de cada árbol en cada nube, en cada arroyuelo del planeta. Cuando iba a darse por vencida divisó un rosal y sus rosas... Comenzó a mover las ramas y de repente se oyó un doloroso grito. Las espinas habían herido en los ojos a Amor. Locura no sabía qué hacer para disculparse, lloró, rogó, imploró, pidió perdón y hasta prometió ser su lazarillo.
Desde entonces, Amor es ciego y Locura es su eterna compañera.
Como cada jornada, Bruno regresó a su casa para almorzar y, como cada día, se cruzó fugazmente con Xisco, el repartidor. «Hay que ver lo que trabaja este hombre -pensó-. ¡No para!».
Glori, la hipocondriaca mujer de Bruno, ya estaba fuera de cuentas. De un momento a otro habría que salir pitando. De no ser así, Bruno no llevaría varias semanas regresando temprano a casa al mediodía, renunciando al aperitivo con la cuadrilla del bar. Unas cañas, unas tapas y siempre los mismos temas: Fútbol y fanfarronadas diversas. Protagonistas cotidianos de los mismos tópicos a los que dedican sus sarcasmos.
«¡Ay, ay! ¿Bruno, eres tú...?». La lastimosa voz de Glori sonó desde el fondo del pasillo. «¡Bruno! ¡Ya, ya...! ¡Ya viene!
Glori, que vivió su embarazo aterrada por el inaplazable desenlace, se encontraba treinta y seis minutos más tarde en la antesala del paritorio del hospital, atenazando hasta el estrangulamiento la mano de Bruno con la suya. Ambos expiraban aire a ritmo acompasado cuando apareció el médico. Aséptico, experto, tranquilizador.
El galeno dio a conocer a la pareja una extraordinaria noticia: «Precisamente aquí, en el hospital de Alcoy, estrenamos hoy una experiencia piloto en toda la comunidad europea. Se trata de una máquina que, conectada a la madre, transfiere al padre parte de las sensaciones de dolor y angustia que la paciente experimenta durante el parto. Podemos utilizarla si ustedes consienten», explicó. La reacción de Glori fue instantánea: «Sí, sí, sí, sí...»
En pocos segundos todo estaba dispuesto. «Voy a poner la máquina de transferencia a un diez por ciento -dijo el doctor-. Digame si siente algo». Bruno se encogió de hombros e hizo un gesto de incomprensión. «Bien, todo va bien. Subiremos a un veinte por ciento», replicó el doctor. Bruno permanecía impasible mientras los gritos de Glori inundaban toda la planta hospitalaria. Sin dilación, el médico tecleó en la máquina: «Transferir 50 por ciento». Pero Bruno aguantaba como un hombre, sin inmutarse.
Los alaridos de Glori estaban desquiciando a todo el personal sanitario en medio de un parto interminable. «Bruno, ¿Cómo va eso?», increpó el doctor. Bruno, sin atreverse a abrir la boca, levantó la mano con el pulgar extendido hacia arriba.
«Bien, vamos a aumentar un poquito más ¿De acuerdo?». Sin esperar respuesta y ante aquella desesperante situación, el médico no dudó en transferir el cien por cien de sensaciones. Glori dejó de padecer, se relajó adecuadamente y tras más de dos horas de suplicios dio a luz un hermoso bebé, pelín cabezón, que pesó más de cuatro kilos al nacer.
Cuando, dos días más tarde, la pareja regresó al pueblo, a su domicilio, se topó con un extraño suceso. En el rellano, junto a la puerta de la vivienda, yacía inerte el cuerpo de un hombre: Xisco, el repartidor.