MAR/09
La máquina que parió.
Como cada jornada, Bruno regresó a su casa para almorzar y, como cada día, se cruzó fugazmente con Xisco, el repartidor. «Hay que ver lo que trabaja este hombre -pensó-. ¡No para!».
Glori, la hipocondriaca mujer de Bruno, ya estaba fuera de cuentas. De un momento a otro habría que salir pitando. De no ser así, Bruno no llevaría varias semanas regresando temprano a casa al mediodía, renunciando al aperitivo con la cuadrilla del bar. Unas cañas, unas tapas y siempre los mismos temas: Fútbol y fanfarronadas diversas. Protagonistas cotidianos de los mismos tópicos a los que dedican sus sarcasmos.
«¡Ay, ay! ¿Bruno, eres tú...?». La lastimosa voz de Glori sonó desde el fondo del pasillo. «¡Bruno! ¡Ya, ya...! ¡Ya viene!
Glori, que vivió su embarazo aterrada por el inaplazable desenlace, se encontraba treinta y seis minutos más tarde en la antesala del paritorio del hospital, atenazando hasta el estrangulamiento la mano de Bruno con la suya. Ambos expiraban aire a ritmo acompasado cuando apareció el médico. Aséptico, experto, tranquilizador.
El galeno dio a conocer a la pareja una extraordinaria noticia: «Precisamente aquí, en el hospital de Alcoy, estrenamos hoy una experiencia piloto en toda la comunidad europea. Se trata de una máquina que, conectada a la madre, transfiere al padre parte de las sensaciones de dolor y angustia que la paciente experimenta durante el parto. Podemos utilizarla si ustedes consienten», explicó. La reacción de Glori fue instantánea: «Sí, sí, sí, sí...»
En pocos segundos todo estaba dispuesto. «Voy a poner la máquina de transferencia a un diez por ciento -dijo el doctor-. Digame si siente algo». Bruno se encogió de hombros e hizo un gesto de incomprensión. «Bien, todo va bien. Subiremos a un veinte por ciento», replicó el doctor. Bruno permanecía impasible mientras los gritos de Glori inundaban toda la planta hospitalaria. Sin dilación, el médico tecleó en la máquina: «Transferir 50 por ciento». Pero Bruno aguantaba como un hombre, sin inmutarse.
Los alaridos de Glori estaban desquiciando a todo el personal sanitario en medio de un parto interminable. «Bruno, ¿Cómo va eso?», increpó el doctor. Bruno, sin atreverse a abrir la boca, levantó la mano con el pulgar extendido hacia arriba.
«Bien, vamos a aumentar un poquito más ¿De acuerdo?». Sin esperar respuesta y ante aquella desesperante situación, el médico no dudó en transferir el cien por cien de sensaciones. Glori dejó de padecer, se relajó adecuadamente y tras más de dos horas de suplicios dio a luz un hermoso bebé, pelín cabezón, que pesó más de cuatro kilos al nacer.
Cuando, dos días más tarde, la pareja regresó al pueblo, a su domicilio, se topó con un extraño suceso. En el rellano, junto a la puerta de la vivienda, yacía inerte el cuerpo de un hombre: Xisco, el repartidor.
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